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Terapia de aventura

El otro día le pregunté a un chaval del grupo:

—¿Y tú por qué crees que esto (Jornada de terapia aventura) te está funcionando?  

Y me soltó, sin pensárselo mucho:

—Porque aquí no me puedo esconder.

No dijo “porque me han explicado muy bien mis traumas”.

Ni “porque he entendido mi sistema familiar”.

Ni siquiera “porque el terapeuta me cae bien”.

Dijo porque no me puedo esconder.


Y ahí, sin saberlo, me resumió en una frase lo que hace tan potente la terapia de aventura.

Durante años, muchos chicos y chicas han pasado por consultas, psicólogos, psiquiatras, talleres, centros…Y sus padres, con toda la buena intención del mundo, se han dejado la piel y el sueldo en intentarlo TODO.


Pero hay un punto en el que las herramientas tradicionales ya no enganchan. Ya no hay vínculo. Ya no hay escucha. Ya no hay respuesta.

Entonces, ¿qué hacemos?


¿Les dejamos “madurar” mientras vemos cómo se apagan?

Nosotros decidimos hacer algo diferente.Y lo hicimos con base, no con fuegos artificiales.

 ¿Qué es la terapia de aventura?

No es llevarles a escalar y decirles “cuéntame cómo te sientes”.

Es un proceso estructurado, con objetivos terapéuticos claros, que utiliza el entorno natural y la actividad física como medio para desbloquear emociones, fomentar la confianza, trabajar el compromiso, y sobre todo: romper la desconexión que muchos adolescentes y jóvenes sienten consigo mismos.

La Association for Experiential Education lleva más de 30 años investigando y aplicando este modelo en EE.UU., con resultados sólidos en población juvenil con trastornos de conducta, consumo y abandono escolar.


Y en lugares como Australia o Reino Unido, ya forma parte de programas estatales de prevención y reinserción.





 
 
 

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