No hace falta consumir drogas para que el cerebro se vuelva adicto.
- Alejandro Boli
- 23 dic 2025
- 2 Min. de lectura
A veces basta con una ovación, un “eres un genio”, o un vídeo que se viraliza.
La dopamina no diferencia entre cocaína, éxito profesional o notificaciones de Instagram. Solo reconoce picos. Y cuando los picos se repiten demasiado, el cerebro empieza a protegerse.
Qué le pasó a Buenafuente (y nos pasa a todos)
Durante años, Andreu vivió en un sistema de estímulos constantes: programas diarios, presión, exposición, ruido mediático. Y el cerebro, que es muy eficiente pero nada leal, se adapta bajando la sensibilidad a la dopamina.
El resultado es sencillo de entender y devastador de vivir: lo que antes te hacía vibrar, ahora apenas te mueve. Lo que antes disfrutabas, ahora no te llena. Necesitas más intensidad, más brillo, más validación. O más anestesia.
Es el mismo mecanismo por el que alguien pasa de “una copa para relajarme” a “tres para sentir algo”. No es un fallo moral. Es neurobiología.
Qué ocurre dentro del cerebro
Pico dopaminérgico: algo te da placer o alivio.
Compensación: el cerebro baja receptores para equilibrar.
Tolerancia: ya no sientes lo mismo y buscas más.
Dependencia emocional: ya no eliges, compensas.
La gente dice: “se quemó”. La biología dice: “se saturó su sistema dopaminérgico”.
Volver a sentir.
Cuando Buenafuente habla de detenerse, de simplificar, de volver a lo esencial, no está hablando de carrera profesional. Está hablando de recuperar la línea base, esa dopamina estable que permite disfrutar un café, un ensayo o un chiste que todavía no ha sido probado frente a nadie.
Esa dopamina tranquila. La que no grita. La que sostiene.
El mundo dopaminérgico
No hace falta ser famoso para quemarte. Hace falta ser humano. Vivimos en un entorno que dispara nuestro sistema dopaminérgico cada minuto: notificaciones, métricas, comparaciones, rendimiento constante.
Y el cuerpo solo puede aguantar cierto número de picos antes de empezar a bajar el volumen de todo.
La pregunta incómoda
¿Estamos normalizando una forma de vivir dopamino-dependiente?
¿O simplemente nadie nos enseñó a regular lo que sentimos?






Comentarios