¿No te pasa que a veces tu hijo parece un inquilino silencioso?
- Alejandro Boli
- 13 nov 2025
- 2 Min. de lectura
No saluda. No habla. No pregunta ni contesta.
Y si lo hace, es con monosílabos tipo "bien", "nada", "yo qué sé".
—¿Qué tal el cole?
—Normal.
—¿Has comido?
—Sí.
—¿Estás bien?
—Sí.
Y tú te quedas ahí, con el alma encogida y la sensación de que te estás perdiendo algo importante. Algo que está pasando dentro… pero que no sabes nombrar.
En mi época la señal de alarma era encerrarse en la habitación con los cascos puestos. Hoy es lo mismo, pero con auriculares invisibles y pantallas que no apagan ni al dormir.
La diferencia es que ahora muchos de esos silencios vienen cargados de ansiedad, de vacío, de una desconexión que va más allá de la adolescencia normal.
Porque una cosa es tener un hijo "más callado" y otra muy distinta es ver cómo poco a poco se apaga por dentro.
¿En qué hay que fijarse?
No se trata de volverse paranoicos, pero sí de tener el radar encendido. Estas son algunas señales que no conviene pasar por alto:
Cambios bruscos en el estado de ánimo (apatía, irritabilidad, tristeza constante).
Aislamiento social: ya no sale, no se relaciona, evita incluso a la familia.
Pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba.
Conductas de riesgo: consumo, autolesiones, retos peligrosos online.
Hiperconectividad: siempre con el móvil, pero cada vez más desconectado de sí mismo.
Problemas de sueño o alimentación que aparecen de repente.
Mentiras frecuentes o dificultad para confiar.
Todo esto puede tener muchas causas, claro. Pero cuando se acumulan, algo hay que mirar más allá del “ya se le pasará”.
¿Y qué podemos hacer como madres y padres? La primera tentación suele ser el control: revisar el móvil, prohibir, imponer.
Lo entiendo. El miedo se disfraza muchas veces de autoridad.
Pero los jóvenes no necesitan más presión. Necesitan PRESENCIA.
Un “estoy aquí, aunque no me lo pongas fácil”.
Un “no sé qué te pasa, pero quiero entenderte”.
Un “si no puedes con esto, no estás solo”.






Comentarios