Cuando el consumo entra en casa, nunca lo hace solo.
- Alejandro Boli
- 13 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Seguro que lo has oído alguna vez:
“Mi hijo tiene un problema con el consumo… pero el resto estamos bien”.
Es normal que se diga. Cuando una familia se enfrenta a el consumo de un hijo, al principio todo gira en torno a él: a su conducta, a sus cambios de humor, a su mirada perdida, a sus “no pasa nada”, a sus “estoy controlando”, a sus “ya lo dejo cuando quiera”.
Pero lo que a menudo olvidamos —o no nos atrevemos a mirar de frente— es que el consumo nunca afecta solo a una persona.
Se cuela en casa como una humedad invisible: empapa las paredes emocionales, enfría el ambiente y desgasta los vínculos. Y sin darnos cuenta, la familia entera entra en modo supervivencia.
El hermano que deja de hablar porque siente que ya hay demasiado lío. La pareja que se distancia sin saber muy bien por qué. La abuela que cada vez pregunta menos. Y tú, que de repente te conviertes en detective, enfermera, terapeuta y bombera, todo en una.
Te preguntas: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Y cómo salimos de esto?
La respuesta es clara: recuperar a un hijo no es solo que deje de consumir. Es reconstruir puentes, sanar heridas, volver a mirarse sin miedo ni reproche. Es recuperar también a la madre que dejó de ser madre para convertirse en vigilante, al padre que se sintió inútil, a los hermanos que se volvieron invisibles.
Porque cuando un hijo se recupera de verdad, también lo hace su entorno. Y ese es uno de los aspectos más transformadores de este camino: que nadie queda fuera.
Si te reconoces en esta situación, si necesitas orientación o simplemente no sabes por dónde empezar, quiero decirte que hay salida. No tienes que hacerlo solo. El primer paso siempre es pedir ayuda y abrir el diálogo.
Y si ya has pasado por algo así, quizá te reconozcas en estas palabras: ¿Qué parte de tu familia se resintió más cuando apareció el consumo en casa?






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