top of page

Ansiedad en adolescentes: cuando escuchar vale más que cualquier consejo

El otro día, en medio de una dinámica de grupo, un chaval de 15 años me dijo:


“Yo creo que tengo ansiedad, pero no sé si de verdad o si es que estoy rayado sin más”.


Al principio contesté con humor, pero enseguida me di cuenta de que no era una broma ligera. Detrás de sus palabras había un silencio que pesaba, de esos silencios que no son de “me has cortado el rollo”, sino de “no sé cómo seguir hablando de esto sin parecer raro”.


Le pregunté cómo lo notaba, qué sentía. Me explicó que últimamente no duerme bien, que le cuesta concentrarse, que a veces tiene un nudo en el pecho sin motivo. Su madre cree que es por pasar demasiado tiempo con el móvil y que quitárselo lo arreglaría. Su padre dice que son tonterías. Y él ha dejado de hablar del tema porque siente que no le entienden.


Ese momento fue un bofetón de realidad.


Este chaval no estaba pidiendo un diagnóstico. Estaba pidiendo que alguien lo escuchara sin juicio. Que no lo mandaran a callar ni lo etiquetaran como “dramático” o “flojo”.


Muchas veces pensamos que, si no hay un consumo evidente, un brote fuerte o una conducta peligrosa, no pasa nada. Pero sí pasa. Y pasa mucho. Pasa que los adolescentes están desbordados. Pasa que se sienten solos aunque estén rodeados de gente. Pasa que no encuentran palabras para explicar lo que sienten, y nosotros tampoco se las damos.


Ese día no hice nada espectacular. Simplemente me quedé a su lado, sin móvil, sin prisa y sin intentar buscar soluciones rápidas. Al final me dijo:“Gracias por escuchar. Aunque no sepa qué decir, me ha sentado bien hablar”.


A veces, eso ya es mucho.


Si tienes cerca a un adolescente que se aísla, que cambia, que no parece él mismo y no sabes cómo acercarte, no empieces preguntando qué le pasa. Empieza por estar. El resto, poco a poco, llega.


¿Te ha pasado alguna vez con tu hijo, tu hija o alguien cercano? ¿Te has sentido perdido sin saber cómo ayudar?



 
 
 

Comentarios


bottom of page