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A veces el dolor no grita. Se esconde.

A veces el dolor no grita. Se esconde tras un porro, una pelea en casa, un suspenso más o un portazo.

“Es que este chico es conflictivo”. “Tiene mala actitud”. “Está buscando llamar la atención”.

Pero, ¿y si en realidad lo que está buscando es ayuda?

Durante más de veinte años viví atrapado en el mundo del consumo. Aprendí que muchos jóvenes, como me pasó a mí, no saben cómo pedir socorro. Y que muchas familias, aunque quieran ayudar, no saben cómo escuchar sin miedo ni culpa.

Lo fácil es poner etiquetas: problemático, rebelde, desobediente. Pero detrás de esas etiquetas casi siempre hay dolor. Y ese dolor, cuando no se atiende, se convierte en silencio, en huida o en consumo.

Mirar de frente lo que no entendemos duele. Duele aceptar que no todo se soluciona con castigos, terapias exprés o falsas promesas de cambios inmediatos.

Lo que a mí me salvó fue encontrar un espacio donde no me juzgaran. Donde pude acompañar mi dolor, ponerle nombre y transformarlo. Donde aprendí a quitarme las máscaras y a mirarme con verdad.

Hoy sé que no hay recuperación real sin una mirada compasiva. Y sí, cuesta. Pero también merece la pena. Cada segundo invertido en comprender, sostener y acompañar puede marcar la diferencia en la vida de un joven que lucha contra el consumo.

Por eso trabajo para dar charlas, talleres y espacios de prevención. Porque creo que la clave está en abrir el diálogo, en hablar sin tabúes y en ofrecer acompañamiento real a quienes lo necesitan.

Si eres madre, padre o educador y sientes que ya no sabes qué más hacer, quiero decirte que no estás solo. La recuperación es posible.

 

Quizá no lo necesites hoy, pero… ¿y si alguien a tu alrededor sí?



 
 
 

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